El sino fatal

(1791-1865)
Don Álvaro o la fuerza del sino.
Acto I, escena VIII


(Ábrese la puerta con estrépito después de varios golpes en ella, y entra EL MARQUÉS en bata y gorro con un espadín desnudo en la mano, y detrás dos criados mayores con luces)
 MARQUÉS. (Furioso.) Vil seductor... hija infame.
 DOÑA LEONOR. (Arrojándose a los pies de su padre.) ¡Padre!!! ¡padre!!!
 MARQUÉS. No soy tu padre... aparta... Y tú, vil advenedizo...
 DON ÁLVARO. Vuestra hija es inocente... Yo soy el culpado... Atravesadme el pecho. (Hinca una rodilla.)

"La desesperación"

(1808-1842)
Canciones


Me gusta ver el cielo 
con negros nubarrones 
y oír los aquilones 
horrísonos bramar, 
me gusta ver la noche 
sin luna y sin estrellas, 
y sólo las centellas 
la tierra iluminar.

Me agrada un cementerio 
de muertos bien relleno, 
manando sangre y cieno 
que impida el respirar, 
y allí un sepulturero 
de tétrica mirada 
con mano despiadada 
los cráneos machacar.

La dama del velo blanco

(1808-1842)
El estudiante de Salamanca




Y entonces la visión del blanco velo
 al fiero Montemar tendió una mano,
 y era su tacto de crispante hielo,
 y resistirlo audaz intentó en vano:

     galvánica, cruel, nerviosa y fría,
 histérica y horrible sensación,
 toda la sangre coagulada envía
 agolpada y helada al corazón...

     Y a su despecho y maldiciendo al cielo,
 de ella apartó su mano Montemar,
 y temerario alzándola a su velo,
 tirando de él la descubrió la faz.

Don Félix de Montemar


(1808-1842)
El estudiante de Salamanca


Segundo don Juan Tenorio,
alma fiera e insolente,
irreligioso y valiente,
altanero y reñidor:
   Siempre el insulto en los ojos,
en los labios la ironía,
nada teme y toda fía
de su espada y su valor.

   Corazón gastado, mofa
de la mujer que corteja,
y, hoy despreciándola, deja
 la que ayer se le rindió.
   Ni el porvenir temió nunca,
ni recuerda en lo pasado
la mujer que ha abandonado,
ni el dinero que perdió.

La noche

(1808-1842)
El estudiante de Salamanca



Era más de media noche,
antiguas historias cuentan,
cuando en sueño y en silencio
lóbrego envuelta la tierra,
los vivos muertos parecen, 
los muertos la tumba dejan.

"A Jarifa en una orgía"

(1808-1842)
Canciones
'Odalisque',  Jules Joseph Lefebvre

Trae, Jarifa, trae tu mano,
ven y pósala en mi frente,
que en un mar de lava hirviente
mi cabeza siento arder.
Ven y junta con mis labios
esos labios que me irritan,
donde aún los besos palpitan
de tus amantes de ayer.

¿Qué la virtud, la pureza?
¿qué la verdad y el cariño?
Mentida ilusión de niño,
que halagó mi juventud.
Dadme vino: en él se ahoguen
mis recuerdos; aturdida
sin sentir huya la vida;
paz me traiga el ataúd.

El sudor mi rostro quema,
y en ardiente sangre rojos
brillan inciertos mis ojos,
se me salta el corazón.
Huye, mujer; te detesto,
siento tu mano en la mía,
y tu mano siento fría,
y tus besos hielos son.

"Canto a Teresa"

(fragmentos)
José de Espronceda 
(1808-1842) 
El Diablo Mundo
Atala au tombeau- Anne-Louis Girodet (1808)

¿Por qué volvéis a la memoria mía,
tristes recuerdos del placer perdido,
a aumentar la ansiedad y la agonía
de este desierto corazón herido?
¡Ay!, que de aquellas horas de alegría
le quedó al corazón sólo un gemido,
y el llanto que al dolor los ojos niegan
lágrimas son de hiel que el alma anegan.

¿Dónde volaron, ¡ay!, aquellas horas
de juventud, de amor y de Ventura,
regaladas de músicas sonoras,
adornadas de luz y de hermosura?
Imágenes de oro bullidoras,
sus alas de carmín y nieve pura,
al son de mi esperanza desplegando,
pasaban, ¡ay!, a mí alrededor cantando.

"Si hay alguien ahí que golpee dos vces..."



¿Puede una presencia invisible adueñarse de una casa y aterrorizar a sus habitantes? A primera vista, así parece ocurrir en las casas donde se manifiesta el fenómeno poltergeist. Este término, que en alemán significa “duende alborotador”, es usado por los parapsicólogos para definir los fenómenos insólitos de las casas embrujadas. Historiadores como Plinio el Joven o Plutarco han dejado constancia de algunos de ellos y el mismísimo fundador del protestantismo, Lutero, confesó haber sido testigo de fenómenos paranormales acaecidos en la cárcel donde pasó una temporada. 

Los frutos de la educación

(1760-1828)
El sí de las niñas
Acto III, Escena VIII


DON DIEGO.-   No tengo empeño de saber más... Pero de todo lo que acabo de oír resulta una gravísima contradicción. Usted no se halla inclinada al estado religioso, según parece. Usted me asegura que no tiene queja ninguna de mí, que está persuadida de lo mucho que la estimo, que no piensa casarse con otro, ni debo recelar que nadie dispute su mano... Pues ¿qué llanto es ése? ¿De dónde nace esa tristeza profunda, que en tan poco tiempo ha alterado su semblante de usted, en términos que apenas le reconozco? ¿Son éstas las señales de quererme exclusivamente a mí, de casarse gustosa conmigo dentro de pocos días? ¿Se anuncian así la alegría y el amor?  (Vase iluminando lentamente la escena, suponiendo que viene la luz del día.) 

Deber de hija

(1760-1828)
El sí de las niñas
Acto II, Escena IV

DOÑA IRENE.-   Pues mucho será que Don Diego no haya tenido algún encuentro por ahí, y eso le detenga. Cierto que es un señor muy mirado, muy puntual... ¡Tan buen cristiano! ¡Tan atento! ¡Tan bien hablado! ¡Y con qué garbo y generosidad se porta!... Ya se ve, un sujeto de bienes y posibles... ¡Y qué casa tiene! Como un ascua de oro la tiene... Es mucho aquello. ¡Qué ropa blanca! ¡Qué batería de cocina! ¡Y qué despensa, llena de cuanto Dios crió!... Pero tú no parece que atiendes a lo que estoy diciendo.
 DOÑA FRANCISCA.-   Sí, señora, bien lo oigo; pero no la quería interrumpir a usted.
 DOÑA IRENE.-   Allí estarás, hija mía, como el pez en el agua. Pajaritas del aire que apetecieras las tendrías, porque como él te quiere tanto, y es un caballero tan de bien y tan temeroso de Dios... Pero mira, Francisquita, que me cansa de veras el que siempre que te hablo de esto hayas dado en la flor de no responderme palabra... ¡Pues no es cosa particular, señor!
DOÑA FRANCISCA.-   Mamá, no se enfade usted.
DOÑA IRENE.-   No es buen empeño de... ¿Y te parece a ti que no sé yo muy bien de dónde viene todo eso?... ¿No ves que conozco las locuras que se te han metido en esa cabeza de chorlito?... ¡Perdóneme Dios!
DOÑA FRANCISCA.-   Pero... Pues ¿qué sabe usted?
DOÑA IRENE.-   ¿Me quieres engañar a mí, eh? ¡Ay, hija! He vivido mucho, y tengo yo mucha trastienda y mucha vista para que tú me engañes. 
DOÑA FRANCISCA.-    (Aparte, creyendo que su madre ha descubierto su relación secreta)  ¡Perdida soy!
 DOÑA IRENE.-   Sin contar con su madre... Como si tal madre no tuviera... Yo te aseguro que aunque no hubiera sido con esta ocasión, de todos modos era ya necesario sacarte del convento. Aunque hubiera tenido que ir a pie y sola por ese camino, te hubiera sacado de allí... ¡Mire usted qué juicio de niña éste! Que porque ha vivido un poco de tiempo entre monjas, ya se la puso en la cabeza el ser ella monja también... Ni qué entiende ella de eso, ni qué... En todos los estados se sirve a Dios, Frasquita; pero el complacer a su madre, asistirla, acompañarla y ser el consuelo de sus trabajos, ésa es la primera obligación de una hija obediente... Y sépalo usted, si no lo sabe.
DOÑA FRANCISCA.-   Es verdad, mamá... Pero yo nunca he pensado abandonarla a usted.
DOÑA IRENE.-   Sí, que no sé yo...
DOÑA FRANCISCA.-   No, señora. Créame usted. La Paquita nunca se apartará de su madre, ni la dará disgustos.
DOÑA IRENE.-   Mira si es cierto lo que dices.
DOÑA FRANCISCA.-   Sí, señora; que yo no sé mentir.
DOÑA IRENE.-   Pues, hija, ya sabes lo que te he dicho. Ya ves lo que pierdes, y la pesadumbre que me darás si no te portas en todo como corresponde... Cuidado con ello.
DOÑA FRANCISCA.-    (Aparte.)  ¡Pobre de mí! 

"Los dos amigos y el oso"

(1745-1801)




A dos amigos se aparece un oso:
el uno, muy medroso,
en las ramas de un árbol se asegura;
El otro, abandonado a la ventura,
se finge muerto repentinamente.
El oso se le acerca lentamente;
mas como este animal, según se cuenta,
de cadáveres nunca se alimenta,
sin ofenderlo lo registra y toca,
huélele las narices y la boca;
no le siente el aliento,
ni el menor movimiento;
y así, se fue diciendo sin recelo:
«este tan muerto está como mi abuelo.»
Entonces el cobarde,
de su grande amistad haciendo alarde,
del árbol se desprende muy ligero,
corre, llega y abraza al compañero,
pondera la fortuna
de haberle hallado sin lesión alguna,
y al fin le dice:
«Sepas que he notado
que el oso te decía algún recado.
¿Qué pudo ser?»
«Diréte lo que ha sido;
estas dos palabritas al oído:
aparta tu amistad de la persona
que si te ve en el riesgo, te abandona.»

"El burro flautista"

(1750-1761)



 Esta fabulilla,
salga bien o mal,
me ha ocurrido ahora
por casualidad.

Cerca de unos prados
que hay en mi lugar,
pasaba un borrico
por casualidad.

Una flauta en ellos
halló, que un zagal
se dejó olvidada
por casualidad.

Acercóse a olerla
el dicho animal,
y dio un resoplido
por casualidad.

En la flauta el aire
se hubo de colar,
y sonó la flauta
por casualidad.

«¡Oh!», dijo el borrico,
«¡qué bien sé tocar!
¡y dirán que es mala
la música asnal!».

Sin reglas del arte,
borriquitos hay
que una vez aciertan
por casualidad.

Cartas de Gazel

(1741-1782)
Cartas marruecas 


     He logrado quedarme en España después del regreso de nuestro embajador, como lo deseaba muchos días ha, y te lo escribí varias veces durante su mansión en Madrid. (…) Me hallo vestido como estos cristianos, introducido en muchas de sus casas, poseyendo su idioma, y en amistad muy estrecha con un cristiano llamado Nuño Núñez, que es hombre que ha pasado por muchas vicisitudes de la suerte, carreras y métodos de vida. Se halla ahora separado del mundo y, según su expresión, encarcelado dentro de sí mismo. En su compañía se me pasan con gusto las horas, porque procura instruirme en todo lo que pregunto; y lo hace con tanta sinceridad, que algunas veces me dice: de eso no entiendo; y otras: de eso no quiero entender. Con estas proporciones hago ánimo de examinar no sólo la corte, sino todas las provincias de la península. Observaré las costumbres de este pueblo, notando las que le son comunes con las de otros países de Europa, y las que le son peculiares. Procuraré despojarme de muchas preocupaciones que tenemos los moros contra los cristianos, y particularmente contra los españoles. Notaré todo lo que me sorprenda, para tratar de ello con Nuño y después participártelo con el juicio que sobre ello haya formado.

      Con esto respondo a las muchas que me has escrito pidiéndome noticias del país en que me hallo. Hasta entonces no será tanta mi imprudencia que me ponga a hablar de lo que no entiendo, como lo sería decirte muchas cosas de un reino que hasta ahora todo es enigma para mí, aunque me sería esto muy fácil: sólo con notar cuatro o cinco costumbres extrañas, cuyo origen no me tomaría el trabajo de indagar, ponerlas en estilo suelto y jocoso, añadir algunas reflexiones satíricas y soltar la pluma con la misma ligereza que la tomé, completaría mi obra, como otros muchos lo han hecho.

      Pero tú me enseñaste, oh mi venerado maestro, tú me enseñaste a amar la verdad. Me dijiste mil veces que faltar a ella es delito aun en las materias frívolas. Era entonces mi corazón tan tierno, y tu voz tan eficaz cuando me imprimiste en él esta máxima, que no la borrará la sucesión de los tiempos.

Modas

Teatro Crítico Universal (1726-1739)



Siempre la moda fue la moda. Quiero decir que siempre el mundo fue inclinado a los nuevos usos.

Esto lo lleva de suyo la misma naturaleza. Todo lo viejo fastidia. El tiempo todo lo destruye. A lo que no quita la vida, quita la gracia… Piensan algunos que la variación de las modas depende de que sucesivamente se va refinando más el gusto, o la inventiva de los hombres cada día es más delicada. ¡Notable engaño! No agrada la moda nueva por mejor, sino por nueva. Aún dije demasiado. No agrada porque es nueva, sino porque se juzga que lo es, y por lo común se juzga mal. Los modos de vestir que hoy llamamos nuevos, por la mayor parte son antiquísimos. […]

Pero, aunque en todos tiempos reinó la moda, está sobre muy distinto pie en éste que en los pasados su imperio. Antes el gusto mandaba en la moda, ahora la moda manda en el gusto. Ya no se deja un modo de vestir porque fastidia, ni porque el nuevo parece o más conveniente o más airoso. Aunque aquel sea y parezca mejor, se deja porque así lo manda la moda. Antes se atendía a la mejoría, aunque fuese solo imaginada, o, por lo menos, un nuevo uso, por ser nuevo agradaba y, hecho agradable, se admitía; ahora, aun cuando no agrade, se admite solo por ser nuevo. Malo sería que fuese tan inconstante el gusto, pero peor es que, sin interesarse el gusto, haya tanta inconstancia. De suerte que la moda se ha hecho un dueño tirano y, sobre tirano, importuno, que cada día pone nuevas leyes para sacar cada día nuevos tributos; pues cada nuevo uso que introduce es un nuevo impuesto sobre las haciendas. No se trajo cuatro días el vestido cuando es preciso arrimarle como inútil y, sin estar usado, se ha de condenar como viejo. Nunca menudearon tanto las modas como ahora, ni con mucho

"A una fea y espantadiza de ratones"


Francisco de Quevedo
(1580-1645)



¿LO QUE al ratón tocaba, si te viera,
haces con el ratón, cuando, espantada,
huyes y gritas, siendo, bien mirada,
en limpieza y en trampas ratonera?

Juzgara, quien huyendo de él te viera,
eras de queso añejo fabricada;
y con razón, que estás tan arrugada,
que pareces al queso por de fuera.

¿Quién pensó (por si ansí tu espanto abones)
que coman solimán, que, atenta, guardas
el que en tu cara juntas a montones?

¿Saltar huyendo quieres aun las bardas,
cuando en roer no piensan los ratones
tu tez de lana sucia de las cardas?
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