"Fue Satanás"

Sonata de primavera (1904)


       Qué triste es para mí el recuerdo de aquel día. María Rosario estaba en el fondo de un salón llenando de rosas los floreros de la capilla. Cuando yo entré, quedóse un momento indecisa: Sus ojos miraron medrosos hacia la puerta, y luego se volvieron a mí con un ruego tímido y ardiente. Llenaba en aquel momento el último florero, y sobre sus manos deshojóse una rosa. Yo entonces le dije, sonriendo:
         -¡Hasta las rosas se mueren por besar vuestras manos!
         Ella, también sonrió contemplando las hojas que había entre sus dedos, y después con leve soplo las hizo volar. Quedamos silenciosos: Era la caída de la tarde y el sol doraba una ventana con sus últimos reflejos: Los cipreses del jardín levantaban sus cimas pensativas en el azul del crepúsculo al pie de la vidriera iluminada. Dentro, apenas si se distinguía la forma de las Cosas, y en el recogimiento del salón las rosas esparcían un perfume tenue y las palabras morían lentamente igual que la tarde. Mis ojos buscaban los ojos de María Rosario con el empeño de aprisionarlos en la sombra. Ella suspiró angustiada como si el aire le faltase, y apartándose el cabello de la frente con ambas manos, huyó hacia la ventana. Yo, temeroso de asustarla, no intenté seguirla y sólo le dije después de un largo silencio:

         -No me daréis una rosa.
         Volvióse lentamente y repuso con voz tenue:
         -Si la queréis...
         Dudó un instante, y de nuevo se acercó. Procuraba mostrarse serena, pero yo veía temblar sus manos sobre los floreros, al elegir la rosa. Con una sonrisa llena de angustia me dijo:
         -Os daré la mejor.
         Ella seguía buscando en los floreros. Yo suspiré romántico:
         -La mejor está en vuestros labios.
         Me miró apartándose pálida y angustiada:
         -No sois bueno... ¿Por qué me decís esas cosas?
         -Por veros enojada.
         -¿Y eso os agrada? ¡Algunas veces me parecéis el Demonio...!
         -El Demonio no sabe querer.
         Quedóse silenciosa. Apenas podía distinguirse su rostro en la tenue claridad del salón, y sólo supe que lloraba cuando estallaron sus sollozos. Me acerqué queriendo consolarla:
         -¡Oh...! Perdonadme.
         Y mi voz fue tierna, apasionada y sumisa. Yo mismo, al oírla, sentí un extraño poder de seducción. (...) María Rosario cerraba los ojos con espanto, como al borde de un abismo. Su boca descolorida parecía sentir una voluptuosidad angustiosa. Yo cogí sus manos que estaban yertas (…) Yo tenía lágrimas en los ojos, y sabía que cuando se llora, las manos pueden arriesgarse a ser audaces. ¡Pobre María Rosario, quedóse pálida como una muerta, y pensé que iba a desmayarse en mis brazos! Aquella niña era una santa, y viéndome a tal extremo desgraciado, no tenía valor para mostrarse más cruel conmigo. Cerraba los ojos, y gemía agoniada:
         -¡Dejadme...! ¡Dejadme...!
         Yo murmuré:
         -¿Por qué me aborrecéis tanto?
         -¡Porque sois el Demonio!
         Me miró despavorida, como si al sonido de mi voz se despertase, y arrancándose de mis brazos huyó hacia la ventana que doraban todavía los últimos rayos del sol. Apoyó la frente en los cristales y comenzó a sollozar. En el jardín se levantaba el canto de un ruiseñor, que evocaba, en la sombra azul de la tarde, un recuerdo ingenuo de santidad.
         María Rosario llamó a la más niña de sus hermanas, que, con una muñeca en brazos, acababa de asomar en la puerta del salón. La llamaba con un afán angustioso y poderoso que encendía el candor de su carne con divinas rosas:
         -¡Entra...! ¡Entra...!
         La llamaba tendiéndole los brazos desde el fondo de la ventana.
         La niña le mostró la muñeca (...) y entró corriendo: Los cabellos flotaban sobre su espalda como una nube de oro. Era llena de gentileza, con movimientos de pájaro, alegres y ligeros: María Rosario, viéndola llegar, sonreía, cubierto el rostro de rubor y sin secar las lágrimas. Inclinóse para besarla, y la niña se le colgó al cuello, hablándole con agasajo al oído:
         -¡Si le hicieses un vestido a mi muñeca...!
         -¿Cómo lo quieres...?
         María Rosario le acariciaba los cabellos, reteniéndola a su lado. Yo veía cómo sus dedos trémulos desaparecían bajo la infantil y olorosa crencha. En voz baja le dije:
         -¿Qué temíais de mí?- Sus mejillas llamearon:
         -Nada...
         Y aquellos ojos como no he visto otros hasta ahora, ni los espero ver ya, tuvieron para mí una mirada tímida y amante. Callábamos conmovidos, y la niña empezó a referirnos la historia de su muñeca: Se llamaba Yolanda, y era una reina. Cuando le hiciesen aquel vestido de tisú, le pondrían también una corona. María Nieves hablaba sin descanso: Sonaba su voz con murmullo alegre, continuo, como el borboteo de una fuente. Recordaba cuántas muñecas había tenido, y quería contar la historia de todas: Unas habían sido reinas, otras pastoras. Eran largas historias confusas, donde se repetían continuamente las mismas cosas. (...) De pronto huyó de nuestro lado. María Rosario la llamó sobresaltada:
         -¡Ven...! ¡No te vayas!
         -No me voy.
         Corría por el salón y la cabellera de oro le revoloteaba sobre los hombros. Como cautivos, la seguían a todas partes los ojos de María Rosario: Volvió a suplicarle:
         -¡No te vayas...!
         -Si no me voy.
         La niña hablaba desde el fondo oscuro del salón. María Rosario, aprovechando el instante, murmuró con apagado acento:
         -Marqués, salid de Ligura...
         -¡Sería renunciar a veros!
         -¿Y acaso no es hoy la última vez? Mañana entraré en el convento. ¡Marqués, oíd mi ruego!
         -Quiero sufrir aquí... Quiero que mis ojos, que no lloran nunca, lloren cuando os vistan el hábito, cuando os corten los cabellos, cuando las rejas se cierren ante vos. ¡Quién sabe, si al veros sagrada por los votos, mi amor terreno no se convertirá en una devoción! ¡Vos sois una santa...!
         -¡Marqués, no digáis impiedades!
         Y me clavó los ojos tristes, suplicantes, guarnecidos de lágrimas como de oraciones purísimas. Entonces ya parecía olvidada de la niña que, sentada en un canapé, adormecía a su muñeca con viejas tonadillas del tiempo de las abuelas. En la sombra de aquel vasto salón donde las rosas esparcían su aroma, la canción de la niña tenía el encanto de esas rancias galanterías que parece se hayan desvanecido con los últimos sones de un minué.
         Como una flor de sensitiva, María Rosario temblaba bajo mis ojos. Yo adivinaba en sus labios el anhelo y el temor de hablarme. De pronto me miró ansiosa, parpadeando como si saliese de un sueño. Con los brazos tendidos hacia mí, murmuró arrebatada, casi violenta:
         -Salid hoy mismo para Roma. Os amenaza un peligro y tenéis que defenderos. Habéis sido delatado al Santo Oficio.
         Yo repetí, sin ocultar mi sorpresa:
         -¿Delatado al Santo Oficio?
         -Sí, por brujo... Vos habíais perdido un anillo, y por arte diabólica lo recobrasteis... ¡Eso dicen, Marqués!
         Yo exclamé con ironía:
         -¿Y quien lo dice es vuestra madre?
         -¡No...!
         Sonreí tristemente.
         -¡Vuestra madre, que me aborrece porque vos me amáis... !
         -¡Jamás...! ¡Jamás...!
         -¡Pobre niña, vuestro corazón tiembla por mí, presiente los peligros que me cercan, y quiere prevenirlos!
         -¡Callad, por compasión...! ¡No acuséis a mi madre...!
         -¿Acaso ella no llevó su crueldad hasta acusaros a vos misma? ¿Acaso creyó vuestras palabras cuando le jurabais que no me habíais visto una noche?
         -¡Sí, las creyó!
         María Rosario había dejado de temblar. Erguíase inmaculada y heroica, como las santas ante las fieras del Circo. Yo insistí, con triste acento, gustando el placer doloroso y supremo del verdugo:
         -No, no fuisteis creída. Vos lo sabéis. ¡Y cuántas lágrimas han vertido en la oscuridad vuestros ojos!
         María Rosario retrocedió hasta el fondo de la ventana:
         -¡Sois brujo...! ¡Han dicho la verdad...! ¡Sois brujo...! Luego, rehaciéndose, quiso huir, pero yo la detuve:
         -Escuchadme.
         Ella me miraba con los ojos extraviados, haciendo la señal de la cruz:
         -¡Sois brujo...! ¡Por favor, dejadme!
         Yo murmuré con desesperación:
         -¿También vos me acusáis?
         -Decid entonces, ¿cómo habéis sabido...? -La miré largo rato en silencio, hasta que sentí descender sobre mi espíritu el numen sagrado de los profetas:
         -Lo he sabido, porque habéis rezado mucho para que lo supiese... ¡He tenido en un sueño revelación de todo... !
         María Rosario respiraba anhelante. Otra vez quiso huir, y otra vez la detuve. Desfallecida y resignada, miró hacia el fondo del salón, llamando a la niña:
         -¡Ven, hermana...! ¡Ven!
         Y le tendía los brazos: La niña acudió corriendo: María Rosario la estrechó contra su pecho alzándola del suelo, pero estaba tan desfallecida de fuerzas, que apenas podía sostenerla, y suspirando con fatiga tuvo que sentarla sobre el alféizar de la ventana. Los rayos del sol poniente circundaron como una aureola la cabeza infantil: La crencha sedeña y olorosa fue como onda de luz sobre los hombros de la niña. Yo busqué en la sombra la mano de María Rosario.
         -¡Curadme...!
         Ella murmuró retirándose:
         -¿Y cómo...?
         -Jurad que me aborrecéis.
         -Eso no...
         -¿Y amarme?
         -Tampoco. ¡Mi amor no es de este mundo!- Su voz era tan triste al pronunciar estas palabras, que yo sentí una emoción voluptuosa como si cayese sobre mi corazón rocío de lágrimas purísimas.
         Inclinándome para beber su aliento y su perfume, murmuré en voz baja y apasionada:
         -Vos me pertenecéis. Hasta la celda del convento os seguirá mi culto mundano. Solamente por vivir en vuestro recuerdo y, en vuestras oraciones, moriría gustoso.
         -¡Callad...! ¡Callad...!
         María Rosario, con el rostro intensamente pálido, tendía sus manos temblorosas hacia la niña, que estaba sobre el alféizar, circundada por el último resplandor de la tarde, como un arcángel en una vidriera antigua. El recuerdo de aquel momento aún pone en mis mejillas su frío de muerte. Ante nuestros ojos espantados se abrió la ventana, con ese silencio de las cosas inexorables que están determinadas en lo invisible y han de suceder por un destino fatal y cruel. La figura de la niña, inmóvil sobre el alféizar, se destacó un momento en el azul del cielo donde palidecían las estrellas, y cayó al jardín, cuando llegaban a tocarla los brazos de la hermana.
         ¡Fue Satanás! ¡Fue Satanás...! Aún resuena en mi oído aquel grito angustiado de María Rosario: Después de tantos años aún la veo pálida, divina y trágica como el mármol de una estatua antigua: Aún siento el horror de aquella hora:
         -¡Fue Satanás...! ¡Fue Satanás...!
         La niña estaba inerte sobre el borde de la escalinata. El rostro aparecía entre el velo de los cabellos blanco como un lirio, y de la rota sien manaba el hilo de sangre que los iba empapando. La hermana, como una poseída, gritaba:
         -¡Fue Satanás...! ¡Fue Satanás...!
         Levanté a la niña en brazos y sus ojos se abrieron un momento llenos de tristeza. La cabeza ensangrentada y mortal rodó yerta sobre mi hombro, y los ojos se cerraron de nuevo lentos como dos agonías. Los gritos de la hermana resonaban en el silencio del jardín:
         -¡Fue Satanás...! ¡Fue Satanás...!
         La cabellera de oro, aquella cabellera fluida como la luz, olorosa como un huerto, estaba negra de sangre. Yo la sentí pesar sobre mi hombro semejante a la fatalidad en un destino trágico. Con la niña en brazos subí la escalinata. En lo alto salió a mi encuentro el coro angustiado de las hermanas. Yo escuché su llanto y sus gritos, yo sentí la muda interrogación de aquellos rostros pálidos que tenían el espanto en los ojos. Los brazos se tendían hacia mí desesperados, y ellos recogieron el cuerpo de la hermana, y lo llevaron hacia el Palacio. Yo quedé inmóvil, sin valor para ir detrás, contemplando la sangre que tenía en las manos. Desde el fondo de las estancias llegaba hasta mí el lloro de las hermanas y los gritos ya roncos de aquella que clamaba enloquecida:
         -¡Fue Satanás...! ¡Fue Satanás...!
         Sentí miedo. Bajé a las caballerías y con ayuda de un criado enganché los caballos a la silla de posta. Partí al galope. Al desaparecer bajo el arco de la plaza, volví los ojos llenos de lágrimas para enviarle un adiós al Palacio Gaetani. En la ventana, siempre abierta, me pareció distinguir una sombra trágica y desolada. ¡Pobre sombra envejecida, arrugada, miedosa que vaga todavía por aquellas estancias, y todavía cree verme acechándola en la oscuridad! Me contaron que ahora, al cabo de tantos años, ya repite sin pasión sin duelo, con la monotonía de una vieja que reza: ¡Fue Satanás!

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